De Revoluciones, Revolucionarios y Contrarrevoluciones

Por: Alejandro J. González Puchi / Cuentero
Correo-e: agonzalez@la-tijereta.org

Mi mente podría haber argumentado, con absoluta confianza, con la más plena certeza, que mi alrededor estaba completamente en silencio. Después de varios minutos de jugueteo, un clip metálico se desarmaba en insignificantes pedazos entre mis dedos. Habría confiado en mi cerebro, pero frente a mi, un rostro con ceño molesto, gesticulaba, movía sus labios, hablaba, gritaba. El rostro estaba ahí, desde el mismo instante en que yo había comenzado a jugar con el clip metálico y que en mi mente habitaba el silencio.
Cuando aquellos pedazos insignificantes no lograron empequeñecerse más, y mis dedos quedaron ociosos, me pregunté: “¿Qué mierda estoy haciendo aquí?”… no encontré respuesta.
Mi Abuelo, decía ser un revolucionario. Lo conocí a mis 8 años. Recuerdo que, sin previa presentación, llegó a vivir a mi dormitorio. En rigor, llegó a invadir mi pequeño reino infantil.
Mi Abuelo, decía ser un revolucionario. También, argumentaba que en su época, no había existido una causa fundamental, justa y suficiente para emprender una acción revolucionaria. Él, era un revolucionario, pero no había tenido la suerte de revolucionar nada. Había observado su época y había guardado silencio, esperando el momento exacto para revolucionarlo todo. Nunca había llegado ese momento. Nunca pudo hacer nada por cambiar nada. Mucho menos cambiar el mundo. Esperó largamente el tiempo revolucionario, hasta que se hizo senil.
Mi Abuelo, decía ser un revolucionario. Quizá su único acto revolucionario fue dejar a mi abuela y a sus hijas. Un día se fue, no volvió. Esperando su revolución, olvidó cumpleaños, aniversarios, un beso de buenas noches y otro ciento de cotidianas caricias.
La noche previa a la invasión de mi reino, mi madre y mis tías, se habían reunido a discutir sobre el futuro domicilio del abuelo. Una de mis tías, había escuchado que su padre estaba viviendo miserablemente en un asilo. Sería un acto de bondad, pensaban, que una de sus hijas se hiciera cargo de tan directo pariente revolucionario. También, pensaban, sería justo que el azar decidiera cual de ellas, cargaría con el cuidado del abuelo. Así, una moneda al aire, decidió que se instalaría en mi dormitorio, perdiendo en el acto, la soberanía e independencia de la pequeña e infantil comarca.
Intenté un acto de insurrección, pero una mirada de mi madre, fue suficiente advertencia para claudicar en mi idea. La señora, ya tenía bastante desagrado con recibir un decrépito anciano, indolente y revolucionario.
El primer tiempo de convivencia con el invasor fue duro. Él carecía de todo interés por mi. Nunca logró memorizar mi nombre y prefirió referirse a mi, sencillamente, como “niño”.
– “Niño, encienda el televisor”, “Niño, apague el televisor”, “Niño, cambie de canal”.
Todo cambió el día que mi madre le pidió – exigió, para ser exactos -, que me ayudara con las tareas del colegio.
– “Niño, en qué necesitas que te ayude”, – preguntó con desgano.
– “Las divisiones, señor”, – le respondí.
– “¿A quién se le puede ocurrir dividir?, ¿No te parece que es mejor unir, que dividir? Eso le debes decir a tu profesor cuando te exija responder estas nocivas artes matemáticas” – argumentó el abuelo, con toda confianza.
Aquel día, comenzamos nuestra propia revolución. Sumar, multiplicar, si. Dividir, restar, no. No me negué al aprendizaje. No me negué a las matemáticas. Seleccioné aquello que deseaba saber, de aquello que me era ajeno y no me importaba conocer. Sumé, como el mejor sumador. Multipliqué, como el más audaz matemático. Dividir, jamás. De esta forma, mi abuelo, se convertía en el líder revolucionario que por tanto tiempo había esperado ser.
Toda revolución tiene su antagonista. El contrarevolucionario. El reaccionario. Nosotros, mi abuelo y yo, lo teníamos muy cerca.

Mi madre se enteró de los resultados revolucionarios un domingo por la mañana. Esperó hasta después de la misa para echar de la casa al abuelo indolente. Nunca lo volví a ver. Por fuerza, dividí y, también, aprendí a dividir.
– ¿Qué mierda estoy haciendo aquí? – me pregunte, mientras los trozos de un clip metálico se hacían insignificantes.
Miré ese rostro que pretendía interrumpir mi silencio. Tomé la calculadora que estaba sobre mi escritorio y, al mismo instante que la lanzaba al basurero, grité “renuncio”, poniendo fin al largo silencio que habitaba en mi mente.